Reescribir el paisaje desde lo íntimo: la propuesta visual de Andrés Moyano

Gabriela Ferrada Acuña

Encargada de Montaje Galería FEDUH

La obra presentada en la exposición «Líneas y Puntos: diálogo entre el pasado y el presente», del artista visual Andrés Moyano, compuesta por una serie de dibujos bordados sobre ilustraciones orgánicas pintadas en papel de acuarela, propone una experiencia visual y táctil donde lo expresivo emerge desde la delicadeza y el cuidado de la técnica, la intimidad del gesto y la potencia simbólica de la naturaleza con sus colores y formas. Cada pieza parece contener un susurro, un momento detenido, una contemplación personal que se transforma en imagen. Desde una perspectiva expresiva, esta producción revela una búsqueda de conexión entre el cuerpo, la memoria y el paisaje interior, valiéndose del lenguaje textil del bordado como un medio profundamente emocional.

El bordado, históricamente ligado a las labores domésticas y al espacio íntimo de lo femenino, pero que hoy es también un campo de exploración artística para hombres y mujeres, adquiere aquí un carácter poético. Moyano utiliza puntos como el nudo francés, el rococó o el siempre sutil y pulcro punto cruz no solo para componer formas, sino para tejer una sensibilidad que aporta un nuevo y complejo lenguaje visual a las obras. Cada puntada parece cargada de un ritmo interno, de una respiración pausada. El uso del papel de acuarela como soporte enfatiza esa fragilidad y cuidado expresivo: lo que se borda sobre papel deja una huella sin violencia.

Las imágenes dialogan con elementos naturales: hojas, flores, jardines, montañas, que, más allá de su representación literal, se transforman en metáforas emocionales por el cuidadoso uso del color. El otoño, por ejemplo, puede aludir al cambio, a la melancolía, a lo que cae y se transforma. El jardín, repetido en seis variantes, evoca un espacio de refugio interno, una cartografía personal donde los tonos cálidos y el hilo organizan los afectos. La montaña, en cambio, aparece como una figura sólida y silenciosa, símbolo de introspección y de permanencia, al habitar un territorio donde los volcanes cubren y protegen al paisaje ñublensino.

Los tonos tierra, ocres, verdes y azules refuerzan una paleta vinculada a lo orgánico y al paisaje, pero también al estado emocional que se sugiere a quien le observe. No hay discordancia: hay recogimiento, observación minuciosa, fragilidad y una belleza modesta que no busca imponerse, sino acompañar. Esta cualidad expresiva tiene concordancia con las prácticas artísticas contemporáneas donde lo manual, lo repetitivo y lo cotidiano son resignificados como gestos artísticos profundos.

En definitiva, estas obras pintadas en acuarela con sus bordados únicos, pueden entenderse como paisajes emocionales, construidos desde la ternura, la paciencia y el cuidado. No creo que busquen representar el mundo tal como es, sino cómo se siente desde la sensibilidad de Moyano: filtrado por la experiencia personal, por las huellas del tiempo y también, desde la resignificación de las técnicas ancestrales. El gesto de bordar se convierte así en una forma de dibujar lo invisible, como el afecto, la memoria, la contemplación, y de ofrecer al espectador una nueva forma de habitar el espacio sensible del artista, mirando lo natural con nuevos ojos.